(Y de tu mano podré caminar)
Eran las gotas de un pelo recién salido de la ducha las que veía marcadas en la alfombra de aquella lúgubre habitación.
Notó aquella ducha, había mucha gente en ella. Era gracioso porque sólo se encontraba aquel vagante alma en ella.
Al lado había una rana, sin embargo no la besó.
Pensó en la casa, en cómo sería, la luz que entraría, el número de fuegos que tendría su cocina, si tendría o no buhardilla… Pero no la importó nada. Sólo la convertida rana.
Marta García Nevares
(02/10/2011)
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