viernes, 20 de mayo de 2011

I thought: trust me!
Lo vi tan claro desde el primer momento…
Me inquietaba de tal manera lo que estuviese cruzando por su  mente en esos instantes, que permanecí inmóvil.
Su mirada se encontraba con la mía de manera intermitente. Sin embargo la mía estaba decidida a ordenarlos que ni siquiera un pestañeo era posible.
Era un chico de mi edad, quise deducir, quise quizás hasta inventar.

De vez en cuando miraba hacia el suelo. Creo que estaba indeciso.
Creí ver algo de sudor recorriendo su mejilla izquierda. Supuse que estaba nervioso.
Mi reojo me describía las zapatillas a cuadros rojos, verdes y azules que llevaba puestas. Puede que fuese debido a que el número de veces que miraba hacia el suelo aumentaba con rapidez.

Por inercia apoyé mi brazo derecho sobre la barra de aquel inhóspito bar. Mi inconsciente actuó tras observar cómo mi cuerpo se desequilibraba debido a lo que aquel chico me inspiraba.

Por un momento llegué a pensar que cuando menos lo esperase se daría media vuelta y no le volvería a ver jamás. Me equivoqué. Hasta el punto de que segundos después hizo la intención incluso, de dar un paso hacia mí. El corazón me dio un vuelco. Pero sólo fue una intención que creyó intuir mi nerviosismo.

No lo soportaba. Aquella situación escapaba a mi control. Quise correr hacia él. Pero ningún músculo parecía pretender hacerme caso. Quise decirle algo. Pero ni una palabra era articulada por mis labios.

Habían pasado dos minutos y veintidós segundos desde que lo vi tan claro, cuando dio el paso. Se suicidó.


Marta García Nevares


martes, 17 de mayo de 2011

 Irrisoriedad

Hay días que el cerebro sólo pinta tímidos garabatos en una arrugada servilleta de papel.
Tristezas dibujadas en grises nubes recrean borrosos paisajes en mi mente.
Rodeada de acantilados, recuerdos, faros y esperanzas.
Ideas colapsadas en la entrada de un vacío y luminoso túnel.

Y de cenar, piña.
Con qué.
Contigo.

Un ensordecedor ruido turbó mi descanso. Era parecido al de ayer. Sin embargo… una pequeña diferencia se vislumbraba en aquel viejo retrato.


Marta García Nevares