Crucé la calle. Crucé la desolada calle. El peor despertar posible me precedía. No había dormido apenas. Era un día gris. Una mañana de esas que te quemas con la taza del café. Una mañana de esas que te das cuenta de lo que has perdido. Una mañana de esas que te arrepientes de todas aquellas cosas que perdiste la oportunidad de hacer y decir.
Una mañana para olvidar.
En la otra acera me esperaba. encontré la sonrisa más sincera y brillante que nunca podría haber imaginado. Era una niña de unos siete años. No me dijo nada. No me dio nada. Sólo me ofreció una sonrisa. Una sonrisa rodeada de harapos.
Sólo hizo que cambiase mi mañana. Sólo hizo que me diese cuenta de lo que vale la pena. Corrí hacia casa de nuevo. Arranqué el coche. Cuarenta minutos. Y me tomé el día libre. Libre y con compromiso.
Marta García Nevares
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